Por Jaime Márquez Poo, Socio y Director Ejecutivo de Desarrollo de Negocios en STP
Durante años, la transformación de los servicios financieros en México ocurrió de manera gradual. La infraestructura se desarrolló por etapas, la digitalización avanzó conforme cambiaron los hábitos de los usuarios y cada generación incorporó nuevas formas de relacionarse con el dinero. Sin embargo, algo está cambiando a una velocidad distinta: las nuevas generaciones ya no están adoptando únicamente nuevas herramientas financieras, están redefiniendo lo que esperan de ellas.
Los millennials y centennials mexicanos utilizan el Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios (SPEI) cinco veces más que las generaciones anteriores, de acuerdo con cifras y análisis respaldados por Banco de México durante la 89ª Convención Bancaria. A la par, datos de Galileo Financial Technologies muestran que nueve de cada diez jóvenes en México administran sus finanzas exclusivamente desde su teléfono celular.
Estas cifras hablan de mucho más que una migración de la sucursal bancaria hacia las aplicaciones móviles. Revelan un cambio profundo en la relación que las personas tienen con su dinero. Para las generaciones que crecieron rodeadas de tecnología, realizar una transferencia no representa necesariamente una operación financiera compleja: es una acción cotidiana, inmediata y tan natural como enviar un mensaje.
La evolución de los hábitos financieros confirma esta transformación. La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024, realizada por INEGI y CNBV, señala que el uso de aplicaciones bancarias aumentó de 54.3% en 2021 a 69.1% en 2024. Al mismo tiempo, el porcentaje de personas que utilizan transferencias electrónicas o aplicaciones móviles como principal medio para realizar compras superiores a 500 pesos pasó de apenas 0.3% en 2018 a 7.6% en 2024.
Más que hablar de la popularidad de determinadas plataformas, estos números muestran que cambió la expectativa del usuario. Hoy se espera que mover dinero sea tan sencillo, accesible y rápido como cualquier otra interacción digital.
Desde la perspectiva de la infraestructura financiera, este cambio resulta particularmente evidente. En Sistema de Transferencias y Pagos (STP) hemos observado cómo el SPEI ha pasado de ser una herramienta asociada principalmente con operaciones bancarias y empresariales a convertirse en parte de la vida financiera cotidiana de millones de personas.
En 2025, el SPEI procesó más de 7,300 millones de transferencias, un máximo histórico que representó un crecimiento de 36.8% frente al año anterior. El volumen de recursos movilizados equivalió a más de 16 veces el PIB nacional. Pero quizá uno de los datos más reveladores sobre la transformación de su uso es que 94% de las operaciones fueron por montos inferiores a 10,000 pesos.
Esto significa que el SPEI ya no está vinculado únicamente con grandes movimientos financieros. Está presente en acciones tan cotidianas como pagar la renta, dividir la cuenta de una comida, hacer una compra o enviar dinero a un familiar. Para una parte importante de las nuevas generaciones, las transferencias electrónicas se han convertido en una especie de efectivo digital: un mecanismo cotidiano para resolver necesidades inmediatas.
La tendencia también apunta hacia un cambio estructural en el ecosistema de pagos. Banco de México proyecta que hacia finales de 2026 el volumen de operaciones procesadas a través del SPEI superará al de las redes tradicionales de tarjetas de crédito y débito. De concretarse, no estaríamos hablando simplemente del crecimiento de un medio de pago, sino de una modificación significativa en la forma en que circula el dinero en México.
Para las instituciones financieras, fintechs, neobancos y plataformas digitales, este escenario plantea un nuevo reto. La velocidad, que durante años fue presentada como una ventaja competitiva, está dejando de serlo. Para los usuarios que crecieron acostumbrados a la inmediatez, que una operación sea rápida ya no es una sorpresa: es lo esperado.
La competencia, por lo tanto, comienza a desplazarse hacia otros atributos. La confianza, la seguridad, la facilidad de uso y la calidad de la experiencia serán cada vez más determinantes para construir relaciones financieras de largo plazo con estas generaciones.
México se encuentra ante una transformación relevante en sus hábitos de pago. Millennials y centennials no están esperando a que el sistema financiero se adapte a sus necesidades; ya están utilizando herramientas que responden a una nueva lógica de consumo y administración del dinero.
El verdadero desafío para quienes participamos en la construcción de la infraestructura financiera será entonces mirar más allá de la velocidad. Si la inmediatez ya se convirtió en el punto de partida, la siguiente pregunta será qué esperan los usuarios después de recibir una experiencia financiera instantánea, segura y sencilla. Anticipar esa respuesta será clave para definir la siguiente etapa de la evolución de los pagos en México.
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